Desde marzo de 2020, el Sistema Educativo Nacional mexicano (SEN) suspendió las clases regulares presenciales en los niveles educativos preescolar, primaria, secundaria, bachillerato, profesional y posgrado debido a la pandemia por COVID-19. Como alternativa, dio instrucciones para que el profesorado aplicara apresuradamente actividades mediadas por tecnología digital en un afán de continuar con la docencia. Lo anterior afectó a casi 40.7 millones de personas involucradas en la educación mexicana(37.7 millones de estudiantes; 2 millones de docentes; y 999,835 personas no docentes)(SEP, 2020), en un país donde la población total aproximada es de 120 millones de habitantes (INEGI, 2020). Es decir, afectó directamente a un tercio de la población. Debido a que la mayoría de las instituciones educativas mexicanas no cuentan con planes de continuidad académica ante contingencias sanitarias, no se desarrolló propiamente educación a distancia, educación en línea ni educación virtual, sino simplemente docencia remota de emergencia. La diferencia principal entre esas modalidades educativas y la docencia remota de emergencia se basa en la complejidad del diseño instruccional, en la planeación educativa y en los criterios de la evaluación del aprendizaje y de la enseñanza que suelen implicar las primeras contra la improvisación característica de la segunda.

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